viernes, 22 de febrero de 2008

"La mujer habitada" de Gioconda Belli

"Lavinia piensa en el sexo color de níspero y se pregunta por el amor.


El tiempo no transcurre: ella y yo tan lejanas podríamos conversar y entendernos en la noche de luna alrededor de la fogata. Innumerables preguntas sin respuesta. El hombre se nos escapa, se desliza entre los dedos como pez en río manso. Lo esculpimos, lo tocamos, le damos aliento, lo anclamos entre las piernas y aún sigue distante cual si su corazón estuviese hecho de otro material. Yarince decía que yo quería su alma, que mi deseo más profundo era soplarle en el cuerpo un alma de mujer. Lo decía cuando le explicaba mi necesidad de caricias, cuando le pedía manos suaves sobre mi cara o mi cuerpo, comprensión para los días en que la sangra manaba de mi sexo y yo andaba triste, tierna y sensible como una planta recién nacida.


Para él, el amor era pulque, hacha, huracán. Lo apaciguaba para que no le incendiara el entendimiento. Le temía. Para mí en cambio, el amor era una fuerza con dos cantos: uno de filo y fuego y otro de algodón y brisa.


Mi madre decía que sólo a la mujer le había sido dado el amor; el hombre conocía apenas lo necesario. Los dioses no habían querido distraer su fuerza. Pero ya había visto hombres enloquecidos por el amor y podía decir que hasta Yarince, por conservarme a mí a su lado, había incurrido en reprimendas de sacerdotes y sabios. No podía aceptar, como mi madre, que llevaran dentro de sí sólo la obsidiana necesaria para las guerras. Me parecía que ocultaban el amor por miedo de parecer mujeres"



En mi opinión, lo ocultan por miedo a perder privilegios, es como fregar los platos, si no lo hacen bien, es más fácil que les eximan de hacerlo, pues con querer de la manera adecuada es lo mismo, si fingen que les cuesta pensamos que no pueden y dejamos de exigírselo.


Hoy reflexión personal. Siento si ofende, seguramente mañana pensaré distinto.

martes, 29 de enero de 2008

IMPOTENCIA

Cuando algún vaso resbala de sus manos ella se apresura a recoger los añicos. Baja la cabeza para que nadie vea sus ojos húmedos por las lágrimas reprimidas y exclama en voz alta, que intenta parecer despreocupada: "¡Cuántos bizcochos haría con estas manos de mantequilla!". Se prepara para ir a trabajar con esa prisa a paso lento que tanto me saca de mis casillas y me desea un buen día con una mirada enmarcada en las arrugas que han sido provocadas por risas pasadas y que acentúan los dolorosos esfuerzos de sonrisa de hoy. Su abrazo demuestra más cariño que nunca, pero queda empañado por una debilidad que avanza cada día. Su mano suave, caliente, acogedora, acaricia mi mejilla con comprensión, me pide una ayuda que sabe que nunca podré siquiera ofrecerle y me absuelve antes de poder confesarlo. Aprieto su palma contra mi cara unos segundos más, quiero seguir creyendo que la falta de fuerza física no se corresponde con una debilidad de ánimo, pero es una ilusión muy breve. Cuando nuestras miradas se cruzan da media vuelta. Abre la puerta y sus hombros intentan erquirse para conseguir solamente parecer dignamente cansados.

Soñando en ti

Dormí pensando en ti
y allí estabas, mirándome.
Desperté soñando en ti
y allí seguías, amándome.

La realidad es ahora sueño;
el futuro, ilusión;
la idea, pasión;
lo enormemente trivial,
transcendentamente pequeño.

Ahora que sueño en ti
odio el verbo despertar,
entiendo la palabra sentir,
temo la realidad.

sábado, 26 de enero de 2008

ABEL Y CAÍN




“El señor preguntó a Caín:
-¿Dónde está tu hermano?
Él respondió:
-No lo sé; ¿soy yo acaso el
guardián de mi hermano?”
Gn 4, 9


Caín labraba la tierra con semblante preocupado. Hacía varios días que los pastores habían empezado a bajar del monte. Todos le daban respuestas esquivas cuando les interrogaba por su hermano pequeño. Sospechaba lo peor. Abel estaría ofendiendo al Señor pecando con alguna zagala o embriagándose sin medida. Dos días faltaban para la fiesta mayor, en la que cada casa ofrecía lo mejor de su recto trabajo al Señor y a sus vecinos. Caín había separado los mejores granos de trigo y los más hermosos racimos. Estaba temeroso de que su hermano perdiera los corderos por no vigilar el rebaño. La víspera de la ofrenda, Abel bajó de la montaña y guardó las ovejas. Caín lo encontró ebrio y dijo:
-Desoyes las enseñanzas del Altísimo. Póstrate ante Él y vive buena y rectamente.
-¡Oh, justo y santo Caín! Tan sólo gozo de los dones que el Señor ha querido concederme –rió Abel-. Jóvenes bonitas, aromático vino, hierba mullida y fuerza para proteger mi rebaño.
-Te perderás, Abel. Arrepiéntete a tiempo. Ofrece mañana al Todopoderoso tus siete corderos más tiernos y siente el gozo de compartirlos con los más pobres.
–No soy yo el bienhechor de nadie. Oveja rancia comerán los que duermen bajo techumbre.
-Ve a dormir, Abel. Ojalá el sueño ilumine tu alma.

Caín se recogió en su aposento y oró hasta el alba por los pecados de su hermano. Al amanecer acudió al granero y separó más trigo y uva para la ofrenda. Cuando regresó a su morada, Abel estaba despierto y desayunándose con vino. Caín dijo:
-Es el momento de la entrega al Señor.
-Espero que mi hermano ofrezca suficiente alimento, mis corderos más jóvenes han escapado al monte- contestó el benjamín.
-Piadoso es el Supremo con los descuidos de sus siervos. Lleva mi ofrenda al templo.

Abel marchó y Caín llamó a la puerta de su vecino. Conocía la amistad que le unía a su hermano. Rogando misericordia a Dios, dijo:
-Abel ha recapacitado. Quiere entregar al Justo Padre los siete corderos que han dormido en tu morada-. El vecino se los entregó.

En el templo, Abel llevó al altar sus siete animales con el ceño fruncido. Caín sólo pudo ofrendar el trigo, la uva había sido repartida por Abel entre los pastores. El pueblo alabó la generosidad del menor de los hermanos y vio mal que el mayor no entregara los frutos de su huerto. Caín no abandonó el templo al finalizar la ceremonia. No acudió a la comida ni a la fiesta. Imploró el perdón del Santo Padre por su falso testimonio ante el vecino y por la humildad de su ofrenda. Rogó por la avaricia e insensatez de su hermano. Agotado, salió cabizbajo. Vio entonces a su hermano alejándose del pueblo en compañía de una mujer y se le acercó. La muchacha huyó ocultando su rostro con el manto. Caín susurró:
-Por favor, hermano, no peques hoy.
-¡Déjame tranquilo, Caín! ¿Eres tú acaso mi guardián? -gritó Abel enfurecido. Diciendo esto cogió una gran piedra y la alzó sobre su cabeza mirando con odio a Caín. Sus brazos se quebraron bajo el enorme peso de la piedra, que cayó sobre él partiendo su frente. Caín se derrumbó sobre su hermano y mezcló la sangre que brotaba del cráneo con sus lágrimas como penitencia por no haber logrado salvar su alma a tiempo.

El pueblo acudió al lugar alertado por los gritos de desesperación de Caín. Vieron a Abel muerto con una enorme piedra a su costado y a su hermano ensangrentado y pidiendo perdón al Altísimo.
-Lo ha matado por envidia- gritó un hombre.
-¡Envidioso!- dijo una mujer volviéndose al grupo, -Abel siempre ha sido el más bello, afortunado y bondadoso. Caín le odia.
-¡Merece ser castigado!- pidieron varias voces.
El pueblo cogió piedras y palos y los lanzaron contra Caín, quien las recibió arrodillado y sin oponer resistencia.

“El señor dijo:

- El que mate a Caín será castigado
siete veces.”
Gn 4, 15


(foto encontrada en google, su autoría pertenece a Felipe Mercado)



miércoles, 23 de enero de 2008

No funcionó

No funcionó. Ni rastro del remordimiento que lleva los placeres prohibidos al clímax. Nadie se percató de su sonrisa traviesa al entrar al colegio, ni de su falta de atención en la clase de lengua, ni sospecharon de sus fingidos dolores. Alguna cara de sorpresa cuando saltó la valla del patio a la hora del recreo. Ahora disfrutaba tumbado en el parque de un día perfecto para saltarse las clases. Ni el cielo de comedia americana ni el sol de bollywood le proporcionaban a Don Luis el deseado agridulce de la culpabilidad.

lunes, 21 de enero de 2008

tal vez sea mejor que se quede en casa

- Tal vez sea mejor que se quede en casa. No podemos arriesgarnos. Si la llevamos con nosotros, luego no podremos volverla a traer cuando nos cansemos de ella.
- Pero es pequeña, apenas nos molestará.
- ¿La vas a llevar tú?
- ¿Yo? ¿Cómo?
- Encima, no pensarás llevarla a rastras.
- No, pero...
- ¿Vas a llevarla o no?
- Sí.
- Recuerda que si llevas una pistola, es probable que acabes utilizándola. Así que ponte guantes.

jueves, 17 de enero de 2008

EN TIERRA DE NADIE


Hay guerras olvidadas, que no aparecen ni en telediarios ni en las miradas más transparentes. Hay guerras tan calladas en las que no suenan disparos ni sollozos, sólo el silencio de la muerte y de la resignación. Hay guerras sin batallas que se deciden a cara o cruz, aquí y ahora. Hay guerras tan injustas que suenan a ficción y conspiraciones. Hay guerras paradójicas, con víctimas tachadas de culpables cuando gritan y culpables que reciben condolencias después de asesinar. Hay guerras que abren brechas muy profundas y cicatrices que nunca sanan. Hay guerras que arrasan países y sueños. Hay guerras en las que es imposible no tomar posición o luchar.


Sigo en la batalla.
En tierra de nadie.

martes, 15 de enero de 2008

DUENDE

Son tus ojos de roble
amos de mi voluntad
y cuando sonríen
mis sueños son realidad.

Es tu mirada de duende
reina de mi alegría,
llave de mi contento,
verdugo de mi melancolía.

Son tus labios de musgo
los que con fuego besan.
Son tus labios de piedra
los que con hielo callan.

Es tu sonrisa inocente
y exenta de maldad
pero por ella muero
y vendo mi felicidad.

Eres tú:
bosque de perfección
travesura mágica
lecho de imaginación
ingenuidad.

viernes, 11 de enero de 2008

VUELTA, MEDIA VUELTA, VUELTA ENTERA

Al volverse lo vio claro: media vuelta más y habría dado la vuelta entera. Volvería a mirar hacia el mismo lado. ¿Qué cambiaría? Serían uno segundos más tarde. Y encima estaría mareado. No tenía mucho sentido, ¿o sí?

Sólo eran unos segundos menos en su vida. Así que probó. Dio la media vuelta restante rápido, sobre un pie y con los ojos abiertos. Casi pierde el equilibrio. De acuerdo, el paisaje era el mismo, pero él lo veía distinto. Más nítido. Se fijó en un par de árboles en los que antes no había reparado y a lo lejos vislumbró una especie de caseta.

Al apoyar el pie para evitar caer el suelo, casi aplasta un pequeño caracol. Lo recordó un momento más tarde y volvió a mirar. Ese pequeño bicho era valiente, había asomado sus cuernos y parecía disponerse a continuar su camino.

De nuevo miró hacia lo que le había parecido una caseta. Allí podría descansar y pensar mejor. Ya renunciaría a su sueño de ver mundo otro día.