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viernes, 22 de febrero de 2008

"La mujer habitada" de Gioconda Belli

"Lavinia piensa en el sexo color de níspero y se pregunta por el amor.


El tiempo no transcurre: ella y yo tan lejanas podríamos conversar y entendernos en la noche de luna alrededor de la fogata. Innumerables preguntas sin respuesta. El hombre se nos escapa, se desliza entre los dedos como pez en río manso. Lo esculpimos, lo tocamos, le damos aliento, lo anclamos entre las piernas y aún sigue distante cual si su corazón estuviese hecho de otro material. Yarince decía que yo quería su alma, que mi deseo más profundo era soplarle en el cuerpo un alma de mujer. Lo decía cuando le explicaba mi necesidad de caricias, cuando le pedía manos suaves sobre mi cara o mi cuerpo, comprensión para los días en que la sangra manaba de mi sexo y yo andaba triste, tierna y sensible como una planta recién nacida.


Para él, el amor era pulque, hacha, huracán. Lo apaciguaba para que no le incendiara el entendimiento. Le temía. Para mí en cambio, el amor era una fuerza con dos cantos: uno de filo y fuego y otro de algodón y brisa.


Mi madre decía que sólo a la mujer le había sido dado el amor; el hombre conocía apenas lo necesario. Los dioses no habían querido distraer su fuerza. Pero ya había visto hombres enloquecidos por el amor y podía decir que hasta Yarince, por conservarme a mí a su lado, había incurrido en reprimendas de sacerdotes y sabios. No podía aceptar, como mi madre, que llevaran dentro de sí sólo la obsidiana necesaria para las guerras. Me parecía que ocultaban el amor por miedo de parecer mujeres"



En mi opinión, lo ocultan por miedo a perder privilegios, es como fregar los platos, si no lo hacen bien, es más fácil que les eximan de hacerlo, pues con querer de la manera adecuada es lo mismo, si fingen que les cuesta pensamos que no pueden y dejamos de exigírselo.


Hoy reflexión personal. Siento si ofende, seguramente mañana pensaré distinto.

miércoles, 5 de diciembre de 2007

DEAN MORIARTY

"Esto no era verdad; yo conocía mejor las cosas y podría habérselas contado. Pero no veía que tuviera ningún sentido el intentarlo. Deseaba acercarme al grupo, poner el brazo sobre los hombros de Dean y decir: "Bien, ahora escuchadme todos de una puta vez. Recordad una sola cosa: este chico también tiene sus problemas; y otra cosa, nunca se queja y os ha proporcionado a todos muy buenos ratos sólo por ser como es, y si no tenéis bastante con eso llevadle ante el pelotón de fusilamiento, pues parece que eso es lo que tenéis tantas ganas de hacer, y..."


"Era BEAT: estaba vencido, era la raíz y el alma de lo beatífico también. Pero, ¿de qué se estaba enterando? Trataba de decírmelo con todas sus fuerzas y los otros me envidiaban, envidiaban mi situación a su lado, defendiéndole y aprendiendo de él como ello en otro tiempo intentaron aprender."

jueves, 15 de noviembre de 2007

Veintitantos

Hoy iba a hablar del libro "Alguien voló sobre el nido del cuco" de Ken Kesey. Pero conformé me lo acabé ayer, empecé "On the road" de Jack Kerouac. Ya veís ando siguiendo una generación de escritores (a mí que siempre me ha gustado saltar de una época a otra).
La reseña vendrá en breve, pero hoy me he acordado de las típicas frases que tanto oigo últimamente: "Es la edad", "Estás en la edad", "Cosas de los veintitantos". Y yo que odio lo típico, las detesto por tópicas. Pero hoy, Kerouac, que escribío este libro cuando contaba entre veintiséis y veintisiete años (allá por el final de los años 40) me ha sorprendido con este parrafo:

"Cuando me lo encontré aquella mañana en Mill City estaba pasando esos días malos y deprimentes que tienen los jóvenes hacia los veinticinco años. Andaba a la espera de un barco, y para ganarse la vida trabajaba de vigilante en los barrancones del otro lado del desfiladero. Su novia Lee Ann tenía una lengua muy larga y no había día en que no le llamara al orden. Se pasaban la semana entera ahorrando para salir los sábados a gastarse cincuenta dólares en sólo tres horas. Remi andaba por la casa en pantalones cortos y con un disparatado gorro militar en la cabeza. Lee Ann llevaba la cabeza llena de rulos. Vestidos así, se pasaban toda la semana riñendo. Nunca había oído tal cantidad de insultos en toda mi vida. Pero el sábado por la noche, sonriéndose amablemente uno al otro, salían como un par de personajes importantes de Hollywood y bajaban a la ciudad."

sábado, 8 de septiembre de 2007

"La señora Dalloway" de Virginia Woolf

"Porque ya no lo soportaba más. Aunque el doctor Holmes dijera que no era grave. ¡Cuánto más preferiría que hubiera muerto! No podía seguir sentada a su lado cuando miraba de quel modo y no la veía y todo resultaba tan terrible; cielo y árboles, niños que jugaban arrastrando sus cochecitos, tocando el silbato, cayéndose; todo era terible. Septimus no se mataría; y ella no se lo podía contar a nadie. "Ha trabajado demasiado", era todo lo que podía decirle a su propia madre. Amar nos separa de los demás, pensó. No se lo podía contar a nadie, ni siquiera a Septimus ya, y, al volver la vista, lo vio sentado, solo, con su abrigo raído, en el banco, inclinado hacia delante, mirando fijamente. Y era cobardía en un hombre hablar de quitarse la vida, pero Septimus había luchado en la guerra; era valiente; pero ya no era Septimus. Si se ponía el cuello de encaje, si se ponía el sombrero nuevo, su marido no se daba cuenta; y era feliz sin ella. ¡Ella nunca sería feliz sin él! ¡Nunca jamás! Septimus era egoísta. Como todos los hombres. Porque no estaba enfermo. El doctor Holmes decía que no le pasaba nada. Extendió las manos. ¡Mira! El anillo de boda le bailaba en el dedo, de tan delgada como se había quedado. Era ella quien sufría..., pero no tenía a nadie a quien contárselo."