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jueves, 19 de marzo de 2009

"Las personas cambian y generalmente se olvidan de comunicar dicho cambio a las demás" Lillian Hellman

Hola, soy Nerea y me encanta cambiar. Cada vez que me veáis seré una persona diferente, sobre todo aquellos que me veis poco. Los de todos los días ya pueden hasta predecir mis cambios pues responden a una lógica muy sencilla: cambiar todo aquello que no me hace bien. Ah! Quizá no tan sencilla, por que como cambio según el método ensayo – error – reflexión – ensayo – error – reflexión, según el momento en el que me pilléis puedo desconcertar. Pero bueno, como decía un tal Newman “ser mejor equivale a haber cambiado muchas veces”. Eso intentamos.

jueves, 22 de mayo de 2008

CUARENTA AÑOS


Sólo había publicado un relato en sus cuarenta años de ensoñación. Los diez ejemplares del cuadernillo que le correspondían por derecho los había regalado a quienes más sufrían sus bloqueos creativos y a sus críticos más indulgentes. Había conservado dos, hurtados a otro iluso. Uno, para ella; otro, para alguien muy especial cuya desconocida presencia esperaba de un día para otro.


Cuarenta años y por fin sentía más de lo que podía escribir. Cuarenta años y había entregado el otro ejemplar, con la pompa que ella dramatizaba. Olvidó ese momento, en el mismo lugar donde había adormecido a sus musas.


Entonces, la bofetada. Allí estaba el cuadernillo. Sus escasas cien páginas garabateadas, dobladas, arrugadas, convertidas en carpeta. No, ni siquiera eran una carpeta, sino un práctico portafolios. ¡Ensoñaciones convertidas en pragmatismo!


Su rabia dudó entre el objeto y el sujeto, y ese momento de distracción lo aprovechó una sonrisa para colarse en sus labios. Una sonrisa como ella soñaba sus historias: irónica en el planteamiento, divertida en el nudo, dulce en el desenlace.


Al fin, sus relatos ayudaban a alguien a cumplir sus sueños.






sábado, 15 de marzo de 2008

LOS AMIGOS SON LOS HERMANOS QUE NOSOTROS ELEGIMOS

“(...) Yo la habría cuidado. Se lo dije a mi hermano; como no me importaba el colegio, me habría quedado en casa y ocupado de Ariana. Pero Albus me dijo que yo debía terminar mis estudios y que él reemplazaría a mi madre. Fue un apequeña humillación para Don Brillante. Porque no te dan premios por cuidar de una hermana medio loca, ni por tratar de impedir que vuele la casa cada dos por tres. (...)”


Nunca pensé que pondría un trocito de Harry Potter aquí. Pero ayer, precisamente ayer, recordé una etapa de mi pasado. No la mejor, ni la más dulce, pero importante en mi vida.


Siempre he agradecido a mi madre que estuviera a mi lado.


Siempre me olvido de quien se sentaba en mis rodillas, quien se distanció de sus amigas, quien empezó a suspender algún que otro examen.


A esa persona nunca le dieron ningún premio, lo justo las gracias. Y sin embargo nunca lo vivió como una humillación. Con sólo 15 años se comportó como hay veinteañeras que no lo harán nunca. Fuerte como pocas madres, bienhumorada como pocos cómicos, paciente como pocos médicos.


Esa MUJER, así con mayúsculas, que siempre me echaba en cara que no le dejara la ropa y que la riñera cuando me despertaba de la siesta nunca, NUNCA, me ha pedido que la compense por esos años que le estropeé, nunca me ha exigido nada a cambio, nunca me atacó en mi talón de aquiles (siempre prefirió mis orejas o mi desafine).


Al poco tiempo vimos como nuestra familia acababa por romperse como siempre habíamos adivinado. Vimos hermanas que se portaban como desconocidas. Y hermanos y madres que tomaban su papel en serio y estaban a la altura. Quizá aprendimos de eso. Quizá lo llevábamos muy dentro. Nuestras discusiones nunca llevaron la sangre al río, la retenía un abrazo o un mando a distancia a tiempo.


Pasamos mucho tiempo negando que en el fondo nos queríamos. Aún nos cuesta decírnoslo a la cara. No sé si la volvería a elegir como hermana, pero sí sé que hace tiempo que la elegí como amiga. Una gran amiga que siempre ha sido como mi hermana. Una amiga que por ser mi hermana nunca sabrá cuánto ha significado, significa y significará para mí.

jueves, 13 de marzo de 2008

VENTANAS TRAS LOS ESPEJOS

Soy una mujer de espejos.


Pero sobre todo de ventanas.


No soy una cotilla de esas de averiguar la vida de los demás espiándoles, soy una cotilla de espiarles para imaginar su vida.


Unas veces me imagino lo peor, otras lo mejor. Pero lo que más me gusta es crearles vidas anodinas, de esas que nunca salen en la tele, ni en los libros de historia, ni en las películas, pero de las que se nutren las mejores novelas.


Macondo era un pueblo fantástico, como tantos otros de los que nunca conoceré el nombre.


Ana Karenina una mujer infiel, atormentada, rica, celosa, compleja... como casi todas.


Ponyboy Curtis un chico de barrio sensible, soñador, adolescente, como mi vecino del décimo o como lo fue el albañil que construirá mi futura casa.


Sonia una puta con corazón que ayudó a purgar el crimen y el castigo de un personaje del que nunca recuerdo el nombre, ninguna puta con corazón se hará famosa, pero ya tienen muchas películas estas princesas y más canciones estas magdalenas.


Todas esas personas, todas esas vidas, es lo que observo por mi ventana. Y en su cristal me reflejo como en un espejo. Y entonces pienso en mi vida. Que nunca nadie conocerá, pero que es de novela. Como la vuestra. Por que la verdadera historia (history y story, que los ingleses saben más de distinciones) es la cotidiana, porque hacer cosas extraordinarias tiene que ser maravilloso, pero hacer extraordinario cada día de nuestra vida nos hace maravillosos a nosotros.


Optimismo al poder.

martes, 18 de diciembre de 2007

Y CADA MINUTO MI SONRISA

Un trozo de cartón
con lápiz emborronado;
un gesto esperado
sorprende con ilusión.

Sonrisa de Pocoyó
malicia de Sinosuke
al calor de nuestra lumbre
tocando tu tambor.

Y mis ojos vuelven a brillar.
Y tu risa a resonar.
Y tu naricilla a roncar.
Y cada minuto mi sonrisa.

miércoles, 19 de septiembre de 2007

Soñando voy, soñando vengo, por el caminoooo, yo me entretengo

Ayer, en esos pequeños ataque de optimismo que me invaden en los días que puedo disfrutar tanto del sol como de la lluvia, me dio por pensar en los sueños que tenemos, que cumplimos, que olvidamos...

Hice tantas tipologías como sueños recuerdo:

El sueño que nunca supimos que deseábamos hasta que lo encontramos (véase mi parient)

El sueño que le queda mejor a otra persona (véase éxito profesional)

El sueño que nos inventamos cuando olvidamos los demás (véase viajes o vestidos)

El sueño anticomplejos (véase eliminar defectos físicos)

El sueño que compartimos con los demás (véase la lotería)

El sueño de la infancia que algún día hará de colchón (véase ser una soltera molona)

El sueño por fascículos (véase aprender a ser feliz)

El sueño que cuando consigues pierde brillo y gana intensidad (véase total y obligada independencia económica)

El sueño que aún no has soñado (véase... ya he dicho que áun no lo he soñado)

El sueño que más deseas para los demás (véase una casa para mamá)

El sueño pequeñito (véase ver siempre esa sonrisa)

El sueño ambicioso (véase todos los sueños cumplidos y mejorados)

El sueño fiasco (véase acabar con un amor platónico equivocado)

viernes, 31 de agosto de 2007

CAFÉ

Ya estaba allí. Sin compañía. Ya iba siendo hora de aprender a disfrutar sin nadie al lado. Pero aquello no era ni como lo recordaba ni como lo esperaba.

Su estado de ánimo.
No era ni bueno ni malo. Era aburrimiento. Era energía. Era malestar. Era libertad. Era decepción. No quería estar sola, no quería ver a nadie. Quería no hacer nada, quería hacerlo todo. Se guiaba por impulsos sin saber si era lo que le apetecía. Así había llegado allí.

La cafetería.
Realmente decepcionante, pero lo era más el que no le importara. Siendo niña (cuando se soñaba de mayor, cuando se veía volar, cuando era curiosa) le pareció el sitio más bohemio del mundo, el lugar donde irían sus artistas preferidos si vivieran en su ciudad. De menos niña conoció otros lugares, bares de intelectuales, antros de maldición inspiradora, bufetes de bebidas literarias, museos del diseño con excelente café. Sin embargo siempre acababa yendo a esa cafetería en las raras ocasiones en que volvían sus sueños y siempre acababa frustrada. Ruidosa y luminosa, llena de familias felices, de amigos solucionando sus vidas o el mundo, de parejas leyendo revistas y periódicos elogiados por la élite erudita, de solitarios buscando el mejor sabor a tiramisú de aquella capital de provincias.

El tiramisú.
Su primer antojo había sido tarta de chocolate. Pero el Apolo de los postres había deleitado demasiado paladares aquel día. Sus papilas gustativas debieron conformarse con Afrodita y Dionisos, un tiramisú de sensual cremosidad y un whisky con café. Saciadas pero no acalladas. No era el único instinto rebelde. Sus músculos ansiaban la comodidad del adormecimiento, su piel el frescor tras la ducha, sus labios la adrenalina de la risa. Ella se imponía la disciplina del trabajo mental incómodo y gratificante, la atención al ansia olvidada, la mirada a lo satisfactorio, el aspecto de la lucha.

Su aspecto.
Vaqueros nada favorecedores, camiseta de limpiar, pelo sin peinar, cara de domingo y sensación de suciedad. No llevaba su uniforme negro de recorrer interiores adormecidos, no mostraba el maquillaje que la prevenía de conversaciones y no lucía el despeinado de la concentración.

Su rival.
El libro admirado, el autor idolatrado, la edición más valorada. Y no conseguía disfrutarlo. Sus manos luchaban por unir sus hojas, sus ojos huían a otros paisajes, sus labios se fruncían, en su ceño aparecían arrugas, sus pies saltaban hacia la puerta. Su mente estaba atrapada en cada letra, espacio y signo de puntuación sin lograr ver en ellos un todo coherente. Por mucho que el libro se negara a ser leído ella iba a hacerlo. Su interior se revelaba. Su propósito de huir de ella no se encontraba cómodo usando aquel objeto de culto como una herramienta para la insípida paz interior. Buscaba otros planes de huida, otras estrategias menos ofensivas para aquel fin tan superficial.

El cambio.
Todo lo que quería evitar ocurrió. Su aislamiento se vio interrumpido por una petición banal de una desconocida. Su imagen desapercibida llamó a las miradas de personas aburridas de la discusión en la que intervenían. Su mente y su cuerpo se centraron en el libro. Y la sonrisa inconsciente le hizo concienciarse de que toda su frustración había desaparecido y su esfuerzo dejaba de tener sentido al convertirse en placer.

miércoles, 29 de agosto de 2007

PASEO

La ciudad le regaló cinco minutos de lluvia, un cielo de su color preferido y una calle que nunca existió. Cuando volvió a envolverle con su calor a ella no le importó. Le había hecho tan feliz durante ese instante que podía volver a portarse como el hijo más egoísta con ella.
Se sentó en una estufa con apariencia de banco de piedra y al alzar la vista se encontró con sus primero anhelos de independencia. Volvió a limpiar las mismas papeleras con la lentitud del perfeccionismo, barrió sus suelos con la curiosidad de la adolescencia y se dio la vuelta para sonreír a sus dieciséis años. Miró más allá y le acariciaron las azoteas de sus planes de huida con su tacto de salvaje romanticismo. Eran más compactas que en los cuadros vanguardistas y más pobres que ese cabaret tan mitificado.
Cuando apagó su música, escuchó la vida del barrio que siempre visitaba cada vez que no iba a Madrid. Y, si giraba su nariz hacia la brisa, olía el infinito del mar que desde hacía casi dos décadas le esperaba en Barcelona. La grúa que se intentaba clavar en su ojo acabó por teñir con rimel sus pestañas y el caer de una gota le recordó que hay lágrimas tan inútiles que consuelan la rabia más resignada. Y se alegró de no tener a nadie que le hiciera sentir en la obligación de compartir su alegría, porque ya no había nadie que al querer iluminar sus ojos se ganara ese derecho.