Hoy una poesía de Charles Bukowski. Se titula “Los más raros”. Este poeta al que meten en la categoría de maldito (bebe, fuma, va de putas, escribe obscenidades y escatologías... ya ves tú!) tardó en convencerme. Veréis, yo huyo de las modas por sistema, me parece que hacen que las cosas buenas pierdan su esencia y las malas se vistan de cualidades que no poseen. Al tiempo puedo acabar adoptándolas y a veces no me queda otra por que lo que está de moda es lo único que existe.
A lo que iba. Yo estudié en una universidad privada extremadamente católica (Opus Dei, que le llaman). En los últimos años parecía que Bukowski se había puesto de moda, supongo que como rebelión a los principios ultraconservadores que nos intentaban inculcar. Entonces yo huí de él. Me volví hacia los clásicos (por llamarlos de algún modo). Pero cuando acabé la universidad, me compré un libro con su mejores textos autobiográficos. Para tenerlo. Para cuando superara mis prejuicios. Lo dejé en el baño. Si tan escatológico y obsceno era, ese era su sitio. Y al final ha acabado paseándose por toda la casa. Lo leo a trozos, porque me gusta. No es tan negativo como dicen, de hecho a mí hay momentos que me parece hasta optimista.
Hoy he desayunado con una de mis “raras” preferidas y he vuelto a recordar este poema que empiezo a aprenderme de memoria. ¡Por mis “raros” esos que son su propia obra de arte!
LOS MÁS RAROS
no es frecuente verlos
porque donde hay multitud
no están
ellos.
esos tipos raros no son
muchos,
pero de ellos
provienen
los pocos
cuadros buenos
las pocas
buenas sinfonías
los pocos
libros buenos
y otras obras.
y de los
mejores tipos
raros
quizá
nada.
ellos son
sus propios
cuadros
sus propios
libros
su propia
música
su propia
obra.
a veces me parece
verlos;
por ejemplo
cierto
viejo
sentado en
cierto banco
de un cierto
modo
o
un rostro fugaz
en un automóvil
que pasa
en dirección
contraria
o
cierto movimiento
de manos
del chico o la chica
del supermercado
mientras meten
la compra
en las bolsas.
a veces
es incluso alguien
con el que has
estado viviendo
un tiempo:
notas
una
mirada
de rápida iluminación
que nunca
le habías visto
antes.
a veces
sólo notarás
su
existencia
repentinamente
en un
vívido
recuerdo
algunos meses
algunos años
después de que se hayan
ido.
recuerdo
a uno:
tenía unos
20 años
iba borracho a
las 10 de la mañana
se miraba en
un espejor
esquebrajado
de Nueva Orleans
un rostro soñador
contra los
murosdel mundo.
¿Qué
ha sido
de mí?
jueves, 10 de enero de 2008
miércoles, 9 de enero de 2008
GUSANOS VERDES
Al principio es gracioso, como un pequeño Gremlin. Desconocido, hace sonreír, hasta puedes jugar con él. Tras mojarse con las primeras lágrimas todo cambia. Su suave pelusa se convierte en púas que se clavan muy adentro. En los huesos, en el estómago, en cada vena. Si intentas arrancarlos se convierten en gusanos. Ya no se clavan, pero se alimentan de tu sangre, de tus ilusiones y vomitan sobre tus mejores recuerdos, tiñéndolos de bilis.
Cuando tu sonrisa es más amplia deciden morder, sin piedad, obligando a tu razón a huir, a tu objetividad a esconderse, a tu bondad a pudrirse.
Dicen que el antídoto es volverse hacia adentro, mirarlos a esos ojos cobardes y sonreírles. Llamar de nuevo a la razón, la objetividad y la bondad. Preguntarles en qué les puedes ayudar, cuál es su problema, por qué quieren hacerte daño.
Y entonces ellos se asustan, por que no saben pensar en serio, sólo saben sentir y arañar. Se hacen más pequeñitos, como larvitas. Vuelven a necesitar miedo para crecer y tienes que encargarte de no alimentarlas con él. Entonces morirán.
Cuando tu sonrisa es más amplia deciden morder, sin piedad, obligando a tu razón a huir, a tu objetividad a esconderse, a tu bondad a pudrirse.
Dicen que el antídoto es volverse hacia adentro, mirarlos a esos ojos cobardes y sonreírles. Llamar de nuevo a la razón, la objetividad y la bondad. Preguntarles en qué les puedes ayudar, cuál es su problema, por qué quieren hacerte daño.
Y entonces ellos se asustan, por que no saben pensar en serio, sólo saben sentir y arañar. Se hacen más pequeñitos, como larvitas. Vuelven a necesitar miedo para crecer y tienes que encargarte de no alimentarlas con él. Entonces morirán.
martes, 8 de enero de 2008
Aura
Aura es una mujer, pero aún no lo sabe. Podríamos decir que flota en su particular líquido amniótico. El cabello trigueño dibuja olas alrededor de sus suaves facciones. Los ojos, que tampoco sabe que serán de verdes, se cierran ante la ausencia de vida, su vida. Los brazos marcan, inertes, la anchura de su figura. La piernas se estiran hasta la punta de los pies. La cintura surcada por una línea para separarla de sus caderas de hembra.
Aura es una mujer, y sigue sin saberlo mientras el vestido de princesa rosa se ajusta a su silueta. Su pelo cae rígido sobre su redondeada espalda. Dos agujeros en los lóbulos, dos gotas azules. Pestañas rizadas y zapatos de plástico transparente.
Aura es una mujer y ella lo sabe. Sonríe a los niños y a los hombres que la miran a través del cristal. Pero ellos sólo ven una muñeca: “Aura, una princesa de altura”, pero ella es una mujer.
Aura es una mujer, y sigue sin saberlo mientras el vestido de princesa rosa se ajusta a su silueta. Su pelo cae rígido sobre su redondeada espalda. Dos agujeros en los lóbulos, dos gotas azules. Pestañas rizadas y zapatos de plástico transparente.
Aura es una mujer y ella lo sabe. Sonríe a los niños y a los hombres que la miran a través del cristal. Pero ellos sólo ven una muñeca: “Aura, una princesa de altura”, pero ella es una mujer.
lunes, 7 de enero de 2008
Frío
Hacía frío aquella mañana. El aire de la calle la reanimó. Llevaba dos semanas sin salir de casa, sin ducharse, sin cambiarse de ropa y sin dar señales de vida. Había apagado el móvil, desconectado el telefonillo y el teléfono fijo y ni se había molestado en encender el ordenador. Se sorprendió de que el mundo siguiera igual, o eso parecía. Ella era distinta. Sola. Por fin. Ya no tenía que contentar a nadie, porque sabía que había decepcionado a todos los que la conocían. Tampoco necesitaba gustar a nadie, porque no había nadie que le gustara a ella. ¿Querer?, no le interesaba en ninguna de la direcciones.
Compró lo básico para otras dos semanas más y volvió a casa. Al abrir la puerta no se sintió tan segura. La claustrofobia la poseyó. Se metió en la ducha, el agua caliente casi le levantaba ampollas en la piel, la esponja la arañaba, el jabón olía a calle y a aire frío.
Volvió a refugiarse en la calle. Paseó, corrió, buscó... no sabía hacia donde huir, su sombra siempre la perseguía y pegado a su sombra su cuerpo. Compró libros, revistas, películas, pero en todas había algo que le recordaba su mismidad.
Desesperada se dirigió de nuevo a su ¿hogar? Y le vio. En actitud de espera paciente, de resignación. Se acercó avergonzada y vio que su cara se iluminaba. Saboreó lágrimas de pudor. Él no la tocó. No le habló. Casi ni la miró. Sólo le dio un sobre. En lugar de dirección ponía “Extrañamos tu sonrisa. Te esperamos”. Y se fue.
El viaje en ascensor se le hizo eterno. La carta le estaba haciendo un agujero en el bolsillo del abrigo. Se fue directa a la cama. Cuando despertó, el sobre todavía estaba allí.
Compró lo básico para otras dos semanas más y volvió a casa. Al abrir la puerta no se sintió tan segura. La claustrofobia la poseyó. Se metió en la ducha, el agua caliente casi le levantaba ampollas en la piel, la esponja la arañaba, el jabón olía a calle y a aire frío.
Volvió a refugiarse en la calle. Paseó, corrió, buscó... no sabía hacia donde huir, su sombra siempre la perseguía y pegado a su sombra su cuerpo. Compró libros, revistas, películas, pero en todas había algo que le recordaba su mismidad.
Desesperada se dirigió de nuevo a su ¿hogar? Y le vio. En actitud de espera paciente, de resignación. Se acercó avergonzada y vio que su cara se iluminaba. Saboreó lágrimas de pudor. Él no la tocó. No le habló. Casi ni la miró. Sólo le dio un sobre. En lugar de dirección ponía “Extrañamos tu sonrisa. Te esperamos”. Y se fue.
El viaje en ascensor se le hizo eterno. La carta le estaba haciendo un agujero en el bolsillo del abrigo. Se fue directa a la cama. Cuando despertó, el sobre todavía estaba allí.
domingo, 6 de enero de 2008
Queridos Reyes Magos
Queridos Reyes Magos:
Espero que no hayan acabado muy cansados esta noche. Sé que no han dejado nada en mi casa y por eso les escribo. Gracias. Estas navidades he tenido algunos regalos materiales (los que he tenido han sido maravillosos y muy acertados). Sin embargo, ustedes se han encargado de regalarme cada día una sonrisa de un ser querido, una sorpresa en cada libro que he abierto, llamadas inesperadas, reencuentros muy esperados, un par de buenos golpes a tiempo, un montón de paciencia y comprensión y una pizca de dignidad y límites hacia los demás, me han devuelto esperanzas que creía perdidas y se han llevado el miedo a perder lo que nada me aporta. Se han olvidado llevarse unos kilos de más con los que me castigó nuestro odiado papá noel, pero a cambio me han dejado un par de ejercicios para perderlos que saben muy ricos por las mañanas. No me han traído el décimo de lotería premiado para poder pagar el móvil, pero no se han llevado a quien siempre está al otro lado del teléfono, así que gracias. Les regalaron a mis amigos cordura suficiente para no dejarme huir de ellos la última noche del año, gracias también por la belleza de mis Audreys y sus cariños y broncas.
Espero portarme lo bastante bien este 2008 como para que no me quitéis nada de esto en 2009.
Mis mejores deseos para ustedes y sus pajes, músicos, bailarinas, gimnastas, payasos, bomberos y camellos.
Duenne
Espero que no hayan acabado muy cansados esta noche. Sé que no han dejado nada en mi casa y por eso les escribo. Gracias. Estas navidades he tenido algunos regalos materiales (los que he tenido han sido maravillosos y muy acertados). Sin embargo, ustedes se han encargado de regalarme cada día una sonrisa de un ser querido, una sorpresa en cada libro que he abierto, llamadas inesperadas, reencuentros muy esperados, un par de buenos golpes a tiempo, un montón de paciencia y comprensión y una pizca de dignidad y límites hacia los demás, me han devuelto esperanzas que creía perdidas y se han llevado el miedo a perder lo que nada me aporta. Se han olvidado llevarse unos kilos de más con los que me castigó nuestro odiado papá noel, pero a cambio me han dejado un par de ejercicios para perderlos que saben muy ricos por las mañanas. No me han traído el décimo de lotería premiado para poder pagar el móvil, pero no se han llevado a quien siempre está al otro lado del teléfono, así que gracias. Les regalaron a mis amigos cordura suficiente para no dejarme huir de ellos la última noche del año, gracias también por la belleza de mis Audreys y sus cariños y broncas.
Espero portarme lo bastante bien este 2008 como para que no me quitéis nada de esto en 2009.
Mis mejores deseos para ustedes y sus pajes, músicos, bailarinas, gimnastas, payasos, bomberos y camellos.
Duenne
martes, 18 de diciembre de 2007
Y CADA MINUTO MI SONRISA
Un trozo de cartón
con lápiz emborronado;
un gesto esperado
sorprende con ilusión.
Sonrisa de Pocoyó
malicia de Sinosuke
al calor de nuestra lumbre
tocando tu tambor.
Y mis ojos vuelven a brillar.
Y tu risa a resonar.
Y tu naricilla a roncar.
Y cada minuto mi sonrisa.
con lápiz emborronado;
un gesto esperado
sorprende con ilusión.
Sonrisa de Pocoyó
malicia de Sinosuke
al calor de nuestra lumbre
tocando tu tambor.
Y mis ojos vuelven a brillar.
Y tu risa a resonar.
Y tu naricilla a roncar.
Y cada minuto mi sonrisa.
jueves, 13 de diciembre de 2007
Al salir de clase
Cuando se quiso dar cuenta, era otra vez otoño. La estación de los comienzos, de la acción, de los nervios. Estaba tan ilusionada como los padres con los scalextrics de sus hijos. Todo volvía a ser nuevo, el olor de los libros, la dentera que le producía forrarlos, el sonido de los bolígrafos al guardarlos en su nuevo estuche, el tacto blanco y azul de los cuadernos.
Hacía una semana que había comentado con Susana las cambios de este curso: ampliación de la biblioteca, horarios más flexibles, tutores desconocidos, materias más densas y atractivas y ¡Manu volvía a estar en su clase!
Tenía abrigo que estrenar, la peluquera por fin había acertado con el corte, su perfume seguía sin pasar de moda.
Insomnio. Ese insomnio inquieto, sonriente, juguetón, que deshoja las horas alternando la esperanza y el miedo.
Sobre su escritorio varias listas para empezar el curso con las ideas claras. Acabarlo igual ya sería otra cosa.
Y llegó el día. Susana y ella quedaron en la cafetería desde la que se veía la puerta. Tras piropearse volvieron a repasar los detalles del año anterior, desmenuzándolos bajo la luz del que les esperaba. Apenas acabaron los cafés, sus piernas las dirigieron al aula. Los mismos pupitres en distinta habitación. Se sentaron juntas, mirando a los nuevos compañeros y saludando a los viejos. Todos mostraban excitación en sus mejillas y ansias en sus ojos.
Se presentaron los profesores acompañados de sus materias, bibliografías, recomendaciones y evaluaciones. La cafetería hervía de reencuentros. Se programó la primera cena de curso. Tras las clases se tomarían unas cervezas para organizarla en condiciones. ¡Manu se había apuntado!
Allí estaba, con la cerveza en la mano, pidiéndole fuego a Manu, atisbando la sonrisa de Susana, cuando sonó el móvil.
- “Me tengo que ir, chicos, lo siento. Esta noche me toca hacer de canguro y se me había olvidado”
- “Pero vienes a la cena, ¿no?”
- “Por supuesto, el viernes no me comprometo con nadie”
La casa la entristeció. Tuvo que recordar que los niños también la hacían sonreír.
Ding-dong.
- “Vaya, venís helados” – saludó. – “Tenéis rosquillas en la mesa de la cocina.”
- “Mamá, ¿te habías olvidado que hoy tenía cena con las amigas del colegio? ¡No puedo estar siempre detrás de ti!”
- “Lo siento hija, estábamos tomando algo después de clase y se me fue el santo al cielo.”
- “¡Clase, clase! A veces te olvidas de que tienes sesenta años y responsabilidades más acordes con tu edad.”
- “Tienes razón, hija. Por cierto, el viernes tengo partida de cartas en casa de Susana, así que no podré cuidar a Juan y a Pablo.”
- “Tranquila, mi suegra se ha empeñado en hacerlo ella.”
Hacía una semana que había comentado con Susana las cambios de este curso: ampliación de la biblioteca, horarios más flexibles, tutores desconocidos, materias más densas y atractivas y ¡Manu volvía a estar en su clase!
Tenía abrigo que estrenar, la peluquera por fin había acertado con el corte, su perfume seguía sin pasar de moda.
Insomnio. Ese insomnio inquieto, sonriente, juguetón, que deshoja las horas alternando la esperanza y el miedo.
Sobre su escritorio varias listas para empezar el curso con las ideas claras. Acabarlo igual ya sería otra cosa.
Y llegó el día. Susana y ella quedaron en la cafetería desde la que se veía la puerta. Tras piropearse volvieron a repasar los detalles del año anterior, desmenuzándolos bajo la luz del que les esperaba. Apenas acabaron los cafés, sus piernas las dirigieron al aula. Los mismos pupitres en distinta habitación. Se sentaron juntas, mirando a los nuevos compañeros y saludando a los viejos. Todos mostraban excitación en sus mejillas y ansias en sus ojos.
Se presentaron los profesores acompañados de sus materias, bibliografías, recomendaciones y evaluaciones. La cafetería hervía de reencuentros. Se programó la primera cena de curso. Tras las clases se tomarían unas cervezas para organizarla en condiciones. ¡Manu se había apuntado!
Allí estaba, con la cerveza en la mano, pidiéndole fuego a Manu, atisbando la sonrisa de Susana, cuando sonó el móvil.
- “Me tengo que ir, chicos, lo siento. Esta noche me toca hacer de canguro y se me había olvidado”
- “Pero vienes a la cena, ¿no?”
- “Por supuesto, el viernes no me comprometo con nadie”
La casa la entristeció. Tuvo que recordar que los niños también la hacían sonreír.
Ding-dong.
- “Vaya, venís helados” – saludó. – “Tenéis rosquillas en la mesa de la cocina.”
- “Mamá, ¿te habías olvidado que hoy tenía cena con las amigas del colegio? ¡No puedo estar siempre detrás de ti!”
- “Lo siento hija, estábamos tomando algo después de clase y se me fue el santo al cielo.”
- “¡Clase, clase! A veces te olvidas de que tienes sesenta años y responsabilidades más acordes con tu edad.”
- “Tienes razón, hija. Por cierto, el viernes tengo partida de cartas en casa de Susana, así que no podré cuidar a Juan y a Pablo.”
- “Tranquila, mi suegra se ha empeñado en hacerlo ella.”
miércoles, 5 de diciembre de 2007
"En el camino" de Jack Kerouac
Hoy voy a atreverme a hacer algo para lo que sé que no estoy preparada. No soy digna de hacerlo tampoco. Pero tengo que hacerlo, tengo que escribir sobre un clásico reciente y en boga. ¿La dificultad? Que no me ha encantado. Así que mi crítica será antipopular y seguramente equivocada, pero ahí va.
“En el camino”, de Jack Kerouac, cumple este año sus bodas de oro. Fue el exponente de la generación “Beat”, una generación que quería huir de lo establecido, volver a la conciencia, vivir al límite, meditarlo todo. La sinopsis que aparece en la contraportada de la Editorial Anagrama explica: “(...), en esta novela se narran los viajes enloquecidos, a bordo de Cadillacs prestados y Dodges desvencijados, de Dean Moriarty (...) y el narrador Sal Paridse, recorriendo el continente, de Nueva York a Nueva Orleáns, Ciudad de México, San Francisco, Chicago y regreso a Nueva York. Alcohol, orgías, marihuana, éxtasis, angustia y desolación, el retrato de una América subterránea, auténtica y desinhibida, ajena a todo stablishment.”
Y es cierto, el libro describe todo eso, porque el narrador describe, cuenta y vive cada minuto del viaje (no olvidéis que es un libro autobiográfico). No esperéis una novela escandalosa para los tiempos en que vivimos, pero tampoco olvidéis que en los años 40 y 50 este modo de vida era pionero.
Sin embargo, no sé por qué motivo a mí me ha parecido ligeramente superficial, no he vibrado con sus puestas de sol, no he deseado conocer San Francisco antes de tiempo, no me he perdido en las calles de Dénver. Supongo que esa será la intención de Kerouac, introducirnos en el vértigo de vivir proporcionándonos la suficiente distancia para no sufrir que a ellos les daban el alcohol y las drogas. Hasta he tenido que hacer un esfuerzo por leerlo hasta el final. De lo que me alegro. El final sí merece la pena, es más relajado y al mismo tiempo más intenso, no existe esa vorágine de lugares, movimientos, fiestas, pero las sensaciones se acentúan y se agradece que Kerouac te permita llegar a sentir lo mismo que debió sentir él en los momentos en los que Neal Cassady le permitía expresarse.
Recomiendo leerlo y si alguien puede ayudarme a volver a mitificar esta “biblia y manifiesto de la generación beat”, le estaré muy agradecida.
Justo debajo, podéis encontrar un fragmento del libro que define a la perfección como el narrador idolatraba a su compañero de viaje más habitual.
“En el camino”, de Jack Kerouac, cumple este año sus bodas de oro. Fue el exponente de la generación “Beat”, una generación que quería huir de lo establecido, volver a la conciencia, vivir al límite, meditarlo todo. La sinopsis que aparece en la contraportada de la Editorial Anagrama explica: “(...), en esta novela se narran los viajes enloquecidos, a bordo de Cadillacs prestados y Dodges desvencijados, de Dean Moriarty (...) y el narrador Sal Paridse, recorriendo el continente, de Nueva York a Nueva Orleáns, Ciudad de México, San Francisco, Chicago y regreso a Nueva York. Alcohol, orgías, marihuana, éxtasis, angustia y desolación, el retrato de una América subterránea, auténtica y desinhibida, ajena a todo stablishment.”
Y es cierto, el libro describe todo eso, porque el narrador describe, cuenta y vive cada minuto del viaje (no olvidéis que es un libro autobiográfico). No esperéis una novela escandalosa para los tiempos en que vivimos, pero tampoco olvidéis que en los años 40 y 50 este modo de vida era pionero.
Sin embargo, no sé por qué motivo a mí me ha parecido ligeramente superficial, no he vibrado con sus puestas de sol, no he deseado conocer San Francisco antes de tiempo, no me he perdido en las calles de Dénver. Supongo que esa será la intención de Kerouac, introducirnos en el vértigo de vivir proporcionándonos la suficiente distancia para no sufrir que a ellos les daban el alcohol y las drogas. Hasta he tenido que hacer un esfuerzo por leerlo hasta el final. De lo que me alegro. El final sí merece la pena, es más relajado y al mismo tiempo más intenso, no existe esa vorágine de lugares, movimientos, fiestas, pero las sensaciones se acentúan y se agradece que Kerouac te permita llegar a sentir lo mismo que debió sentir él en los momentos en los que Neal Cassady le permitía expresarse.
Recomiendo leerlo y si alguien puede ayudarme a volver a mitificar esta “biblia y manifiesto de la generación beat”, le estaré muy agradecida.
Justo debajo, podéis encontrar un fragmento del libro que define a la perfección como el narrador idolatraba a su compañero de viaje más habitual.
DEAN MORIARTY
"Esto no era verdad; yo conocía mejor las cosas y podría habérselas contado. Pero no veía que tuviera ningún sentido el intentarlo. Deseaba acercarme al grupo, poner el brazo sobre los hombros de Dean y decir: "Bien, ahora escuchadme todos de una puta vez. Recordad una sola cosa: este chico también tiene sus problemas; y otra cosa, nunca se queja y os ha proporcionado a todos muy buenos ratos sólo por ser como es, y si no tenéis bastante con eso llevadle ante el pelotón de fusilamiento, pues parece que eso es lo que tenéis tantas ganas de hacer, y..."
"Era BEAT: estaba vencido, era la raíz y el alma de lo beatífico también. Pero, ¿de qué se estaba enterando? Trataba de decírmelo con todas sus fuerzas y los otros me envidiaban, envidiaban mi situación a su lado, defendiéndole y aprendiendo de él como ello en otro tiempo intentaron aprender."
"Era BEAT: estaba vencido, era la raíz y el alma de lo beatífico también. Pero, ¿de qué se estaba enterando? Trataba de decírmelo con todas sus fuerzas y los otros me envidiaban, envidiaban mi situación a su lado, defendiéndole y aprendiendo de él como ello en otro tiempo intentaron aprender."
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